Empezó a trabajar la madera con catorce años. Se jubiló el año pasado. Entre una cosa y otra hay una vida entera de oficio, y tres hijos que hoy la continúan.
No hubo vocación ni plan. A los catorce años entras en un taller a barrer, a mirar y a equivocarte, y si tienes paciencia y buena mano, un día acabas siendo carpintero. Él lo fue, y además ebanista, que no es lo mismo: una cosa es levantar un mueble y otra muy distinta es que dure, que cierre bien veinte años después y que la veta cuente algo cuando lo miras.
Con el tiempo montó su propio taller en Picanya. Trabajó para los vecinos, para sus hijos, y luego para los hijos de los vecinos. Cocinas, armarios, puertas, suelos. Sin prisa y sin atajos, porque el atajo en este oficio se paga siempre, y se paga tarde: cuando el cliente ya ha pagado y el mueble empieza a moverse.
El año pasado se jubiló. Y lo que dejó no fue un negocio montado, sino una manera de trabajar. Tres de sus cinco hijos siguen hoy en el taller. Las máquinas son otras, claro, que el oficio también avanza y hay que estar al día; pero el criterio es exactamente el mismo de siempre: medir dos veces, cortar una, y no entregar nada que no pondrías en tu propia casa.
Esto no se aprende en un curso de seis meses. Se aprende al lado de alguien que te guía y te contagia la pasión por el oficio.
Lo que se aprende estando dentro
La madera está viva, y no deja de estarlo cuando sale del taller. Trabaja con la humedad del ambiente: se hincha en invierno, encoge en verano, y un mueble que no lo tenga previsto acaba con las puertas rozando o con las juntas abiertas al segundo año. Prever ese movimiento no se improvisa, y es lo que separa un trabajo que aguanta de otro que da problemas.
De ahí salen unas cuantas costumbres que aquí no se negocian:
- Se mide el hueco, no el plano. Las paredes de una casa real no están a escuadra y el suelo casi nunca está a nivel. Un armario empotrado se ajusta al hueco que hay, no al que debería haber.
- Cada material va donde tiene que ir. Un mueble de baño no lleva el mismo tablero que uno de salón, porque el vapor y las salpicaduras no perdonan. Ahorrar ahí es garantizar una reparación.
- La veta se sigue. En un frente de armario o en una cocina, las puertas se despiezan buscando que el dibujo continúe de una a otra. Casi nadie sabría explicarlo, pero todo el mundo nota cuando está bien hecho.
- La tarima se aclimata antes de instalarse. Unos días en la vivienda, y siempre con junta de dilatación en el perímetro. Saltarse ese paso es la causa más habitual de un suelo que abomba.
- Los herrajes son media obra. Bisagras, guías y amortiguadores buenos: es la parte que se usa cada día y la primera que delata un trabajo hecho con prisa.
Cómo trabajamos
Vamos a tu casa, vemos el espacio y lo medimos nosotros. Escuchamos qué hace falta de verdad, que muchas veces no es lo que se pide al principio, y proponemos con criterio. Después damos un presupuesto detallado y cerrado: lo que se firma es lo que se paga.
Fabricamos en nuestro propio taller. No subcontratamos el trabajo de madera, así que quien toma las medidas es el mismo que corta, monta y viene a instalar. Y planificamos cada encargo con su fecha, para no tener a nadie esperando sin saber nada.
Precios ajustados, sí. Pero ajustados no quiere decir baratos a costa del material o del acabado: quiere decir el precio justo por un trabajo bien hecho.
Sigue siendo una carpintería de pueblo
Seguimos en Picanya, en el mismo taller, atendiendo a toda la comarca. Nos gusta que el cliente se pase, vea la madera y la toque antes de decidir. Y nos gusta cruzarnos años después con alguien que nos abre la puerta de su casa para enseñarnos una cocina que sigue igual que el primer día.
Eso es lo que nos dejó nuestro padre. Y es lo que pensamos seguir haciendo.